"Probablemente por ahí ande un cancercillo"

Me llamo Ana Laura Maldonado Castro y soy licenciada en Ciencias de la Comunicación por la UNAM.

He trabajado como reportera y en oficinas de prensa desde hace más de 10 años. Me apasiona abordar temas de contenido cultural y social.

Actualmente soy editora de la revista Hoy Mujer, y también colaboro para las publicaciones Hábitat y Newsweek en Español.

"Probablemente por ahí ande un cancercillo", dijo el doctor mientras observaba mi mastografía, y las lágrimas salieron automáticamente de mis ojos. Era martes, martes 28 de septiembre de 2010.

No podía pensar, las ideas se agolpaban en mi mente, una sobre otra, y me sentía profundamente triste, pero recordé que tenía que guardar la calma y tomar las mejores decisiones para mi salud y mi vida.

Luego de acudir con tres médicos supe que, muy probablemente, padecía cáncer de mama, diagnóstico que se corroboró cuando me realizaron una cuadrantectomía, el 5 de octubre de 2010.

Entré al quirófano y sabía que la bolita que sentía en el seno derecho tal vez era maligna, pero ignoraba qué tan enferma podía estar, o si el cáncer ya había avanzado hacia otra parte de mi cuerpo.

Tampoco sabía si perdería el seno y cómo sería mi vida después de eso. Mi doctor había sido muy claro: "Si el tumor resulta maligno y mide más de tres centímetros, tu seno se va".

Cuando desperté después de mi operación estaba muy nerviosa, me castañeteaban los dientes y me moría de frío. Intentaba tocarme por encima de los vendajes, pero no lograba distinguir la diferencia entre mis senos.

Al subir a la habitación hubo buenas y malas noticias. La mala fue que mi tumor era maligno; las buenas, que midió 1.6 centímetros y que mis ganglios estaban sanos aún, lo cual quería decir que no había metástasis.

Dos semanas después llegó el informe del patólogo: el tumor era un adenocarcinoma infiltrante, grado nuclear 2, de receptores hormonales positivos.

A partir de ahí tuve un pequeño respiro, una tensa calma que me sirvió para estar conmigo misma y tratar de comprender cómo sería la segunda parte del proceso. Por mi edad (32 años) y para disminuir el riesgo de reincidencia de la enfermedad, los doctores decidieron que tomaría seis quimioterapias, una cada tres semanas, del 18 de noviembre de 2010 al 3 de marzo de 2011.

Lo primero que pregunté fue si se me caería el cabello, y desde ese momento me di cuenta de que mi vida había cambiado y cambiaría aún más, que desde el 28 de septiembre había iniciado un viaje al que no podía renunciar ni bajarme a medio camino por más doloroso que fuera.

Yo recibía las quimios roja y blanca juntas, en un lapso de dos horas, por vía intravenosa. El último medicamento de tres que me aplicaban me provocaba un malestar inmediato que desaparecía minutos después.

La primera vez no sabía qué esperar y me asombró sentirme como si nada cuando salí del hospital, pero estaba segura de que era una bomba de tiempo.

Poco a poco fui aprendiendo que después de cada sesión —o ciclo de quimioterapia, como le llaman los doctores— tenía alrededor de cuatro horas de "vida normal". Entonces me iba a dormir, y cuando despertaba mi malestar estaba en todo su esplendor: era como la más grande de las crudas combinada con gripa, dolor de estómago y fatiga excesiva. Tomaba cuatro días de reposo en casa y al quinto regresaba a trabajar.

En ese tiempo mi itinerario era, por lo regular, de mi casa al trabajo y del trabajo a la casa. Salía una o dos veces por mes con mis amigos y regresaba de madrugada; eso sí, no tomaba una sola gota de alcohol y me alejaba de los fumadores. Fui a un par de conciertos y también a un estadio de futbol.

Mi cabello empezó a caerse a las dos semanas de la primera quimio, así que decidí raparme. Comencé a subir de peso y llegué a 63 kilos, que eran una grosería para mi estatura de 1.55 m. Todos los días, sin falta, se me hinchaban los pies, así que ya no cabía en mi ropa ni en mis zapatos.

Ese ha sido el mayor ejercicio de desapego de mi vida, pues la mujer que yo veía en el espejo comenzó a ser una extraña para mí, así que tuve que aprender de nueva cuenta a estar conmigo, a quererme, valorarme y tenerme paciencia. Entonces me enfoqué en estar y sentirme bien. Asombrosamente, fui capaz de percibir y valorar las cosas buenas de la vida, tal vez como nunca antes lo había hecho.

A las seis quimioterapias les siguieron 25 radioterapias, una diaria durante cinco semanas, entre mayo y junio de 2011, que fueron pan comido después de lo que ya había experimentado. Las concluí y a las dos semanas comencé a tomar Tamoxifeno todos los días, medicamento con el cual llevo casi dos años, y me faltan otros tres.

Pasaron los meses y el cáncer siguió fuera de mi vida. Mi cabello comenzó a crecer y yo me sentía renacida, victoriosa, mis ojos tenían un brillo especial, pero de vez en cuando los ánimos se me iban al piso sin razón aparente y lloraba inconteniblemente sin motivo alguno.

Sabía que, si bien por fuera parecía que todo iba regresando a la normalidad, aún tenía mucho trabajo que hacer internamente conmigo misma. El cariño y el apoyo de mi familia y mis amigos fueron indispensables en ese momento.

Han pasado dos años desde que concluí la parte más fuerte de mi tratamiento contra el cáncer. A veces esos días me parecen muy lejanos, tanto que llego a pensar que no fui yo quien pasó por todo eso.

Hasta el día de hoy acudo a chequeos médicos constantemente. Cada diciembre me hacen una mastografía, y cada cuatro meses entrego análisis de sangre.

Logré bajar de peso y mi cabello llega ya por abajo de mis hombros. Pero, sobre todo, me siento muy orgullosa de haber borrado mis cicatrices internas. ¿Las externas? Son las huellas de una batalla muy bien librada.

Acabemos con los prejuicios

Hace algunos días, Facebook censuró una de mis fotos tras recibir un reporte de alguien que consideró dicha imagen como un desnudo ofensivo. No fue cualquier foto: fue una de las ocho que forman parte del proyecto artístico Amazonas Inmortales, dentro del cual, el colectivo Taco de Ojo (conformado por los fotógrafos Grace Navarro, Luz Montero, Patricia Aridjis, Cecilia Larrabure y Érik Meza) retrató a igual número de mujeres sobrevivientes de cáncer de mama.

Esa foto muestra mis senos, pero eso no es lo más importante, sino la cicatriz de la cuadrantectomía que me fue practicada en el seno derecho hace cuatro años para retirar un tumor cancerígeno, y también la marca que quedó en mi axila después de que me extirparon dos ganglios centinela para corroborar que no hubiera metástasis.

¿Por qué decidí mostrar mi cuerpo? Porque es mi manera de invitar a otras mujeres a perder el miedo de hacerse conscientes del suyo, de cuidarlo y estar pendientes de él. Nadie puede preocuparse y, mucho menos ocuparse, de lo que no conoce, de lo que no quiere o de lo que no le importa.

Y, claro, no voy a negarlo: también decidí mostrar mi cuerpo y sus cicatrices porque estoy orgullosa de ellos. Mi cuerpo me ha demostrado ya en dos ocasiones su asombrosa capacidad de resistir y regenerarse, y mis cicatrices -las dos que aparecen en la foto, así como una más en el seno izquierdo que quedó después de retirar un fibroadenoma y la que está sobre mi clavícula izquierda, donde reposa mi catéter-, atestiguan las batallas que he librado frente al cáncer.

Pero lo importante no somos mi foto ni yo, sino el prejuicio que tenemos como sociedad ante un cuerpo desnudo que únicamente quiere celebrar la vida, y lo grave de confundirlo con una manifestación obscena. ¿Y por qué creo que es grave? Porque son esos tabúes los que no nos permiten quitarnos el miedo de conocer nuestro cuerpo y, por tanto, aprender a distinguir cuando le pasa algo fuera de lo normal que pone en riesgo la salud.

Por eso, considero que la importancia de la autoexploración es mayúscula, porque es el medio que como mujeres tenemos para acercarnos a nuestro propio cuerpo. La autoexploración como hábito mensual es la puerta de entrada a hacernos responsables de nuestra salud mamaria, es la que nos permite, en primera instancia, estar pendientes de nuestros senos y saber si algo ocurre en ellos.

Aclaro: no digo que la autoexploración sea el único método para conocer el estado del tejido mamario, ni mejor o peor, o más o menos efectivo que otro. La autoexploración, la mastografía y el ultrasonido son métodos que se complementan en diferentes tiempos e indicados bajo diferentes circunstancias a cada paciente, por un mastólogo u oncólogo especialista en mamas. Pero ese no es el punto de este texto.

Para regresar al tema, quiero decir que Facebook puede disculparse por pausar una campaña de sensibilización o un proyecto artístico, como lo hizo en mi caso, pero difícilmente cambiará su visión tan cerrada al respecto. Lo que realmente importa es que la mentalidad de la gente, más allá de una red social, crezca y sea diferente, que derribemos los prejuicios y abramos los ojos. Ese es el mensaje que quiero transmitir este 19 de octubre, Día Mundial de la Lucha contra el Cáncer de Mama.

Foto sensurada en FB.

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Comentarios

09.04 | 18:51

Hola... Yo siempre te he admirado y Dios tienen un propósito en tu vida eres una guerrera Dios te siga bendiciendo a ti y a toda tu familia....

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05.04 | 14:52

Hola Jenny , Doy gracias a Dios por tu vida y en verdad me sigues enseñando tu vigor, tú alegría , siempre he admirado tu osadía, yo quiero ser tu amiga

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23.02 | 11:31

Si tienes algo muy específico déjame saber igual y puedo ayudarte mejor

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23.02 | 11:29

Si te duele mucho el estomago, mi esposa un día me preparo un jugo de nopal con naranja y fue genial, jamás volvi a sufrir de eso

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